Ayer, volviendo de Bruselas, al entrar en la estación de Atocha, una chica me paró. LLevaba yo la maleta arrastrando y mil papeles dentro, pesaba mucho, la verdad... iba despacio y era presa fácil de los pedigüeños de siempre, que aprovechan la puerta para, mostrandote una foto de un churunbel, sacarte las entretelas... pero esta muchacha, de unos 35-40 años, no tenía el mismo perfil... no. Pensé que se había perdido y me preguntaba por la puerta de llegadas o salidas... lo que fuera. Me equivoqué.
Casi con un hilo de voz, mirando de frente pero con tristeza y nerviosismo en la cara me contó que andaba pidiendo unos céntimos porque no tenia techo, no tenía comida y no tenía nadie a quien recurrir. Pregunté si tenía hambre y asintió.
Yo tenía tiempo y recordé una vez, con mi padre, también en Madrid, que un hombre se acercó y mi padre le invitó a sentarse a nuestra mesa y a comer lo que quisiese, eso hice ayer. Bebimos, comió y me contó que casi tenía ya para el albergue y comida caliente que por 10€ le daban en un centro de La Latina. A grandes rasgos, su historia era la de una chica que no supo aprovechar las oportunidades de adolescente y ahora, por más que busca, no tiene preparación para encontrar trabajo, antes limpiaba casas, ahora no le dan curro, antes le contrataban por unos días, ahora ya no le llamaban hacía tiempo. Perdió su casa por no pagar el alquiler. Está en la órbita de la marginación porque sin trabajo, no se paga el alquiler y sin casa no se encuentra trabajo... y menos en plena recesión económica. Pobre mujer, conocida historia.
Le dí una alegría y ya tiene suficiente dinero para pasar el fin de semana bajo techo pero no puede solucionar su papeleta... yo no puedo encontrarle un trabajo, no puedo solucionar el problema del paro creciente y de la marginación de las ciudades. Nos esperan muchas historias como ésta, eso es lo que me preocupa, las historias del hambre, el paro y la marginación que ya son parte del paisaje habitual y parece que no importan porque los periódicos no les dedican ni media página. A mí sí me importan. Me duele el alma de ver como una persona tan cercana sufre, porque si nos fijamos bien, en nuestra sociedad ya se puede sentir de cerca el aliento del sufrimiento por hambre, por necesidad, por falta de medios. Hay que tener los sentidos abiertos al 100%, para captar lo que los ciudadanos pieden a gritos y ahora, lo que piden, son soluciones para evitar que les pase lo que a mi contertulia de ayer.
Por eso me indigno, y algo se me revuelve por dentro, cuando me hablan del optimismo antropológico, qué facil se optimista cuando nadie a tu alrededor te baja de un guantazo al suelo!!!